La santa Iglesia católica
No voy a hacer una
exposición completa sobre la Iglesia. Teniendo ante los ojos los problemas
teológicos actuales, voy a intentar poner de manifiesto el escándalo que para
nosotros supone la fórmula "la santa Iglesia católica", y dar la respuesta a la
que apunta el texto del Símbolo. Sigue siendo válido lo que hemos afirmado antes
sobre el lugar espiritual y el conjunto íntimo de esas palabras; por una parte,
aluden a la fe en la obra poderosa del Espíritu Santo en la historia y, por la
otra, quedan explicadas en la doctrina de la remisión de los pecados y de la
comunión de los santos; en ella el bautismo, la penitencia y la eucaristía son
como los pilares de la Iglesia, como su contenido propio y su verdadera forma
existencial.
Quizá desaparezca gran parte de las molestias que nos
produce nuestra profesión de fe en la Iglesia, cuando reflexionemos en este
doble contexto. Hablemos también de lo que hoy día nos acosa. No intentemos
disimularlo; hoy sentimos la tentación de decir que la Iglesia ni es santa ni es
católica. El mismo concilio Vaticano II ha querido hablar no sólo de la Iglesia
santa, sino de la pecadora. Estamos tan convencidos del pecado de la Iglesia que
si hiciésemos alguna objeción al concilio diríamos que ha tocado el tema muy
tímidamente. Es cierto que ahí puede estar influyendo la teología del pecado de
Lutero y también un requisito nacido de previas decisiones dogmáticas; pero lo
que hace esta "dogmática" está de acuerdo con lo que nos dice nuestra propia
experiencia: La historia de la Iglesia está llena de compromisos humanos.
Podemos comprender la horrible visión de Dante que veía subir al coche de la
Iglesia las prostitutas de Babilonia, y nos parecen comprensibles las terribles
palabras de Guillermo de Auvernia (siglo III), quien afirmaba que deberíamos
temblar al ver la perversión de la Iglesia: La Iglesia ya no es una novia, sino
un monstruo tremendamente salvaje y deforme...
La catolicidad de la
Iglesia nos parece tan problemática como la santidad. Los partidos y contiendas
han dividido la túnica del Señor, han dividido la Iglesia en muchas Iglesias que
pretenden ser, más o menos intensamente, la única Iglesia verdadera. Por eso hoy
la Iglesia se ha convertido para muchos en el principal obstáculo para la fe. En
ella sólo puede verse la lucha por el poder humano, el mezquino teatro de
quienes con sus afirmaciones quieren absolutizar el cristianismo oficial y
paralizar el verdadero espíritu del cristianismo.
No hay teoría alguna
que pueda refutar concluyentemente estos argumentos. Pero también es cierto, por
otra parte, que estas ideas no carecen solamente de la razón sino de un amargor
del corazón que quedó defraudado en su alta expectación y que ahora en amor
enfermo y herido sufre la destrucción de su esperanza. ¿Qué diremos a todo esto?
En último término sólo podemos profesar nuestra fe y dar el porqué que nos
permite, a pesar de todo, amar en la fe a la Iglesia; sólo podemos decir por qué
vemos el rostro de la Iglesia santa a través de su faz deformada.
Pero
expliquemos ante todo el contenido. Como ya dijimos, la palabra "santo" no alude
primariamente a la santidad en medio de la perversidad humana. El Símbolo no
llama a la Iglesia "santa" porque todos y cada uno de sus miembros sean santos,
es decir, personas inmaculadas. Este es un sueño que ha renacido en todos los
siglos, pero que no tiene lugar alguno en el Símbolo; expresa el anhelo perpetuo
del hombre por que se le dé un cielo nuevo y una tierra nueva, inaccesibles en
este mundo. En realidad, las más duras críticas a la Iglesia de nuestro tiempo
nacen veladamente de este sueño; muchos se ven defraudados, golpean fuertemente
la puerta de la casa y tildan a la Iglesia de mentirosa.
Pero volvamos a
nuestro tema. La santidad de la Iglesia consiste en el poder por el que Dios
obra la santidad en ella, dentro de la pecaminosidad humana. Este es el signo
característico de la "nueva alianza": En Cristo Dios se ha unido a los hombres,
se ha dejado atar por ellos. La nueva alianza ya no se funda en el mutuo
cumplimiento del pacto, sino que es un don de Dios, una gracia, que permanece a
pesar de la infidelidad humana. Es expresión del amor de Dios que no se deja
vencer por la incapacidad del hombre, sino que siempre es bueno para él, lo
asume continuamente como pecador, lo transforma, lo santifica y lo
ama.
Por razón del don que nunca puede retirarse, la Iglesia siempre es
la santificada por él; santificación en la que está presente entre los hombres
la santidad del Señor. Lo que en ella está presente y lo que elige en amor cada
vez más paradójico las manos sucias de los hombres como vasija de su presencia,
es verdaderamente la santidad del Señor. Es santidad que en cuanto santidad de
Cristo brilla en medio de los pecados de la Iglesia. Por eso la figura
paradójica de la Iglesia en la que las manos indignas nos presentan a menudo lo
divino, en la que lo divino siempre está presente sólo en forma de sin-embargo,
es para los creyentes un signo del sin-embargo del más grande amor de Dios. La
emocionante yuxta-posición de la fidelidad de Dios y la infidelidad del hombre
expresada en la estructura de la Iglesia, es también la dramática figura de la
gracia por la que se hace actualmente visible en el curso de la historia la
realidad de la gracia como perdón de lo que en sí es indigno. Podría decirse que
la Iglesia, en su paradójica estructura de santidad y pecado, es la figura de la
gracia en este mundo.
Sigamos adelante. El sueño humano del mundo sanado
e incontaminado por el mal, presenta la Iglesia como algo que no se mezcla con
el pecado. Existe ahí en cierto sentido, un pensar blanco-negro, que
despiadadamente separa y tira lo negativo (que puede concebirse de muy diversas
maneras).
En la crítica actual de la sociedad y en sus acciones se revela
claramente esta característica inexorable e inherente al ideal humano. Por eso
los contemporáneos de Cristo se escandalizaban sobremanera al ver que a la
santidad de Cristo siempre le faltase esta nota judicial: no era fuego que
destruía los indignos, ni celo que arrancase la hierba que ellos veían crecer.
Por el contrario, su santidad se mostraba en el contacto con lo pecadores que se
acercaban a él, hasta el punto de que él mismo se convirtió en "pecado", en
maldición de la ley en la cruz, en plena comunidad con el destino común de los
perdidos (cf. 2 Cor 5,21; Gal 3,13). Él atrajo los pecadores a sí, los hizo
partícipes de sus bienes, y reveló así lo que era la "santidad". Nada de
separación, sino purificación, nada de condenación, sino amor redentor. ¿No es
acaso la Iglesia la continuación de este ingreso de Dios en la miseria humana?
¿no es la continuación de la participación en la misma mesa de Jesús con los
pecadores? ¿no es la continuación de su contacto con la necesidad de los
pecadores, de modo que hasta parece sucumbir? ¿no se revela en la pecadora
santidad de la Iglesia frente a las expectaciones humanas de lo puro, la
verdadera santidad aristocrática de lo puro e inaccesible, sino que se mezcla
con la porquería del mundo para eliminarla? ¿Puede ser la Iglesia algo distinto
de un sobrellevarse mutuamente que nace de que todos son sostenidos por
Cristo?
Confieso que para mí la santidad pecadora de la Iglesia tiene en
sí algo consolador. ¿No nos desalentaríamos ante una santidad inmaculada,
judicial y abrasadora? ¿Y quién se atrevería a afirmar que él no tiene necesidad
de otros que lo sobrelleven, es más, que lo sostengan? Quien vive porque otros
lo sobrellevan, ¿cómo podrá negarse a sobrellevar a otros? El único don que
puede ofrecer, el único consuelo que le queda ¿no es sobrellevar a otros como él
mismo es sobrellevado? La santidad de la Iglesia comienza con el sobrellevar y
termina con el sostenerse. Pero donde ya no se da el sobrellevar, cae el
sostenerse, y una existencia inconsistente cae necesariamente en el vacío. El
cristiano reconoce la imposibilidad de la autarquía y la debilidad de lo propio.
Cuando la crítica en contra de la Iglesia es biliosamente amarga y comienza a
convertirse en jerigonza, late ahí un orgullo operante. Por desgracia a eso se
junta a menudo un gran vacío espiritual en el que ya no se considera lo propio
de la Iglesia, sino una institución con miras políticas; se considera su
organización como lamentable y brutal, como si lo propio de la Iglesia estribase
en su organización y no en el consuelo de la palabra y de los sacramentos que
conserva en días buenos y aciagos. Los verdaderos creyentes no dan mucha
importancia a la lucha por la reorganización de las formas cristianas. Viven de
lo que la Iglesia siempre fue. Y si uno quiere conocer lo que es la Iglesia, que
entre en ella. La Iglesia no existe principalmente donde está organizada, donde
se reforma o se gobierna, sino en los que creen sencillamente y reciben en ella
el don de la fe que para ellos es vida. Sólo sabe quién es la Iglesia de antes y
de ahora quien ha experimentado cómo la Iglesia eleva al hombre por encima del
cambio de servicio y de formas, y cómo es para él patria, y esperanza, patria
que es esperanza, camino que conduce a la vida eterna.
Esto no quiere
decir que hemos de quedarnos en el pasado y que hemos de soportarlo tal y como
es. El sobrellevar puede ser también un acontecimiento altamente activo, una
lucha para que la Iglesia siempre sea quien lleve y soporte. La Iglesia sólo
vive en nosotros, vive de la lucha entre el pecado y la santidad, de la misma
manera que esa lucha vive del don de Dios sin el que no podría existir; pero esa
lucha será útil y constructora cuando esté vivificada por el espíritu que
sobrelleva, por el amor real. Así llegamos al criterio que siempre debe medir
esa lucha crítica por una santidad mayor, y que no contradice la resignación,
sino que la exige. La medida es la construcción. La amargura que destruye se
juzga a sí misma. Una puerta cerrada puede convertirse en signo que azota a
quienes están dentro; pero es una ilusión creer que aislados podemos construir
más y mejor que en equipo, como también es una ilusión colocar la Iglesia de
"los santos" en lugar de la "Iglesia santa", que es santa porque el Señor le da
graciosamente el don de la santidad.
Nota:
Pasaje tomado del
último capítulo del libro
"Introducción
al cristianismo", del Cardenal Ratzinger, hoy S.S. Benedicto XVI
(1968)