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1 de mayo de 2014

MES DE MARÍA: El Rosario y el modo de rezarlo

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El mes de Mayo, tradicionalmente se conoce entre los cristianos católicos como el MES DE MARÍA. Hay una canción que conocí hace algunos años ya, de la que hoy he querido como homenaje a nuestra Madre del cielo, hacer un video que he subido a mi canal de Youtube.

En Mayo de 2008 publicaba en este blog una entrada titulada
El Rosario «trae paz y reconciliación», donde el Papa Benedicto XVI recordaba que «El santo Rosario no es una práctica relegada al pasado» sino que es una oración que «trae paz y reconciliación», y añadía: «Hoy juntos confirmamos que el Santo Rosario no es una práctica relegada al pasado, como oración de otros tiempos en la que pensar con nostalgia». Recordó también que:  «esta oración ayuda a poner a Cristo en el centro, como hacía la Virgen, que meditaba interiormente todo aquellos que se decía de su Hijo, y lo que Él hacía y decía».

También decía una cosa importante, y revelada a mi alma ya hace algunos años. Siempre me había parecido la oración del santo Rosario, algo superficial, e incluso hubo una época en mi vida en que combatí contra el Rosario, sin embargo, supe después que la clave estaba en "el modo" de rezar el Rosario, y que esta oración tiene unas connotaciones especiales, que me daba la sensación en general que no se estaba cumpliendo en las iglesias en donde rezaba el Rosario. Me parecía a mi, que se rezaba de un modo apresurado y falto de devoción y espíritu, y que a mis oídos sonaba como una oración mecánica que podía dejar dormido en el banco de la Iglesia a más de uno. A veces incluso observaba con curiosidad para ver el efecto que producía el rezo en algunas personas, y si bien, algunas parecían estar metidas en ella, otras, tal vez las más, las notaba dispersas, atentas al más mínimo movimiento, y rezando al mismo tiempo que giraban sus cabezas para ver quien llegaba o incluso hablando con alguien. Yo me esforzaba por concentrarme en la oración pero me era difícil a veces, y no me gustaba eso. El Papa Benedicto XVI habló de esto, tal y como publiqué en 2008 en la entrada que he mencionado arriba, diciendo: «el Rosario, cuando se reza de modo auténtico, no mecánico y superficial sino profundo, trae paz y reconciliación. Contienen en sí la potencia sanadora del Nombre santísimo de Jesús, invocado con fe y con amor en el centro de cada Avemaría»

Se siente uno muy reconfortado cuando alguien te confirma que tus sensaciones y tus pensamientos no eran incorrectos, y si es el Papa, la satisfación y la sensación de sentirse cerca del Espíritu de Dios es grande y trae mucho gozo.


18 de julio de 2013

Lema de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud

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La XXVIII Jornada Mundial de la Juventud católica tiene como lema «Id y haced discípulos a todos los pueblos» y en el mensaje se señala que los jóvenes cristianos deben ser los primeros misioneros en el mundo, tienen que usar internet para divulgar el Evangelio y conocer la fe de forma tan precisa «como un especialista en informática conoce el sistema operativo de su ordenador».

12 de febrero de 2013

"Santidad: Gracias por su inmensa entrega a la Humanidad y a la Iglesia"

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Fecha: 02/11/13 19:03:34
Para: Francisco Javier "madueño
Asunto: ¡Gracias, Benedicto XVI!

¡Hola,

Seguro que tú también te has emocionado y has rezado hoy por el Santo Padre Benedicto XVI, al recibir la noticia de su inminente renuncia al pontificado.
He firmado la alerta de HazteOir.org para que el Papa Benedicto XVI reciba miles de testimonios de gratitud y de cariño, ante su próxima renuncia como Obispo de Roma y cabeza de la Iglesia Católica.
Haz clic para enviar tu propio mensaje al Santo Padre:
http://hazteoir.org/alerta/50775-firma-gracias-santo-padre
El Papa sabio y estudioso, el Papa lleno de bondad y de amor de Dios, el Papa valiente que ha abierto las puertas del Año de la Fe y ha dado un impulso decisivo a la nueva Evangelización, el Papa simpático y comunicativo que ha entrado en Twitter, el Papa escritor y divulgador del legado de Cristo,...
El Papa entregado a la Humanidad y a la Iglesia...
Nuestro Papa Benedicto XVI merece todo nuestro afecto y nuestra gratitud, por haber sabido mantener al pueblo cristiano unido y firme en la Fe en tiempos particularmente difíciles para la Iglesia y para la Humanidad.
¿Quién es para ti Benedicto XVI? ¿Qué ha significado su Pontificado en tu vida?
Haz clic para hacer llegar tu testimonio personal al Papa.
http://hazteoir.org/alerta/50775-firma-gracias-santo-padre
¡Yo ya he enviado mi mensaje! ¡Solo te llevará un minuto!
¡Gracias por unirte a esta iniciativa de afecto y gratitud al Papa Benedicto XVI por su inmensa entrega a los demás, lleno del amor de Dios!
Ignacio Arsuaga y todo el equipo HO

11 de febrero de 2013

RENUNCIA DE BENEDICTO XVI

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Hoy me he quedado perplejo al conocer la noticia, de la que de momento prefiero no emitir una opinión, más que la de respeto y reconocimiento hacia el Papa Benedicto XVI, un gran Papa para la Iglesia Católica. El Papa de nuestro regreso, ya que este ocurrió con Juan Pablo II en sus últimos meses de vida.


Con estas palabras, El Santo Padre ha anunciado su renuncia:

Queridísimos hermanos:
Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, con la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritural, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el minist erio que me fué encomendado. Por esto siendo muy consciente de la seriedad de este acto con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, sucesor de san Pedro, que me fué confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013 a las 20,00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice. Querídimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mi el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos. Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mí respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Igles ia de Dios con una vida dedicada a la plegaria.

26 de diciembre de 2012

SAN ESTEBAN, explicado por Benedicto XVI

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San Esteban
Benedicto XVI, 10 enero 2007 (ZENIT.org)

Queridos hermanos y hermanas: 
Después de las fiestas, volvemos a nuestras catequesis. Había meditado con vosotros en las figuras de los doce apóstoles y de san Pablo. Después habíamos comenzado a reflexionar en otras figuras de la Iglesia naciente. De este modo, hoy queremos detenernos en la persona de san Esteban, festejado por la Iglesia el día después de Navidad. San Esteban es el más representativo de un grupo de siete compañeros. La tradición ve en este grupo el germen del futuro ministerio de los «diáconos», si bien hay que destacar que esta denominación no está presente en el libro de los «Hechos de los Apóstoles». La importancia de Esteban, en todo caso, queda clara por el hecho de que Lucas, en este importante libro, le dedica dos capítulos enteros. 

La narración de Lucas comienza constatando una subdivisión que tenía lugar dentro de la Iglesia primitiva de Jerusalén: estaba formada totalmente por cristianos de origen judío, pero entre éstos algunos eran originarios de la tierra de Israel, y eran llamados «hebreos», mientras que otros procedían de la de fe judía en el Antiguo Testamento de la diáspora de lengua griega, y eran llamados «helenistas». De este modo, comenzaba a perfilarse el problema: los más necesitados entre los helenistas, especialmente las viudas desprovistas de todo apoyo social, corrían el riesgo de ser descuidadas en la asistencia de su sustento cotidiano. Para superar estas dificultades, los apóstoles, reservándose para sí mismos la oración y el ministerio de la Palabra como su tarea central, decidieron encargar a «a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría» para que cumplieran con el encargo de la asistencia (Hechos 6, 2-4), es decir, del servicio social caritativo. Con este objetivo, como escribe Lucas, por invitación de los apóstoles, los discípulos eligieron siete hombres. Tenemos sus nombres. Son: «Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, prosélito de Antioquia. Los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos» (Hechos 6,5-6). 

El gesto de la imposición de las manos puede tener varios significados. En el Antiguo Testamento, el gesto tiene sobre todo el significado de transmitir un encargo importante, como hizo Moisés con Josué (Cf. Números 27, 18-23), designando así a su sucesor. Siguiendo esta línea, también la Iglesia de Antioquía utilizará este gesto para enviar a Pablo y Bernabé en misión a los pueblos del mundo (Cf. Hechos 13, 3). A una análoga imposición de las manos sobre Timoteo para transmitir un encargo oficial hacen referencia las dos cartas que San Pablo le dirigió (Cf. 1 Timoteo 4, 14; 2 Timoteo 1, 6). El hecho de que se tratara de una acción importante, que había que realizar después de un discernimiento, se deduce de lo que se lee en la primera carta a Timoteo: «No te precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados ajenos» (5, 22). Por tanto, vemos que el gesto de la imposición de las manos se desarrolla en la línea de un signo sacramental. En el caso de Esteban y sus compañeros se trata ciertamente de la transmisión oficial, por parte de los apóstoles, de un encargo y al mismo tiempo de la imploración de una gracia para ejercerlo. 

Lo más importante es que, además de los servicios caritativos, Esteban desempeña también una tarea de evangelización entre sus compatriotas, los así llamados «helenistas». Lucas, de hecho, insiste en el hecho de que él, «lleno de gracia y de poder» (Hechos 6, 8), presenta en el nombre de Jesús una nueva interpretación de Moisés y de la misma Ley de Dios, relee el Antiguo Testamento a la luz del anuncio de la muerte y de la resurrección de Jesús. Esta relectura del Antiguo Testamento, relectura cristológica, provoca las reacciones de los judíos que interpretan sus palabras como una blasfemia (Cf. Hechos 6, 11-14). Por este motivo, es condenado a la lapidación. Y san Lucas nos transmite el último discurso del santo, una síntesis de su predicación. 

Como Jesús había explicado a los discípulos de Emaús que todo el Antiguo Testamento habla de Él, de su cruz y de su resurrección, de este modo, san Esteban, siguiendo la enseñanza de Jesús, lee todo el Antiguo Testamento en clave cristológica. Demuestra que el misterio de la Cruz se encuentra en el centro de la historia de la salvación narrada en el Antiguo Testamento, muestra realmente que Jesús, el crucificado y resucitado, es el punto de llegada de toda esta historia. Y demuestra, por tanto, que el culto del templo también ha concluido y que Jesús, el resucitado, es el nuevo y auténtico «templo». Precisamente este «no» al templo y a su culto provoca la condena de san Esteban, quien, en ese momento --nos dice san Lucas--, al poner la mirada en el cielo vio la gloria de Dios y a Jesús a su derecha. Y mirando al cielo, a Dios y a Jesús, san Esteban dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios» (Hechos 7, 56). Le siguió su martirio, que de hecho se conforma con la pasión del mismo Jesús, pues entrega al «Señor Jesús» su propio espíritu y reza para que el pecado de sus asesinos no les sea tenido en cuenta (Cf. Hechos 7,59-60). 

El lugar del martirio de Esteban, en Jerusalén, se sitúa tradicionalmente algo más afuera de la Puerta de Damasco, en el norte, donde ahora se encuentra precisamente la iglesia de Saint- Étienne, junto a la conocida «École Biblique» de los dominicos. Al asesinato de Esteban, primer mártir de Cristo, le siguió una persecución local contra los discípulos de Jesús (Cf. Hechos 8, 1), la primera que se verificó en la historia de la Iglesia. Constituyó la oportunidad concreta que llevó al grupo de cristianos hebreo-helenistas a huir de Jerusalén y a dispersarse. Expulsados de Jerusalén, se transformaron en misioneros itinerantes. «Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra» (Hechos 8, 4). La persecución y la consiguiente dispersión se convierten en misión. El Evangelio se propagó de este modo en Samaria, en Fenicia, y e Siria, hasta llegar a la gran ciudad de Antioquía, donde, según Lucas, fue anunciado por primera vez también a los paganos (Cf. Hechos 11, 19-20) y donde resonó por primera vez el nombre de «cristianos» (Hechos 11,26). 

En particular, Lucas especifica que los que lapidaron a Esteban «pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo» (Hechos 7, 58), el mismo que de perseguidor se convertiría en apóstol insigne del Evangelio. Esto significa que el joven Saulo tenía que haber escuchado la predicación de Esteban, y conocer los contenidos principales. Y San Pablo se encontraba con probabilidad entre quienes, siguiendo y escuchando este discurso, «tenían los corazones consumidos de rabia y rechinaban sus dientes contra él» (Hechos 7, 54). Podemos ver así las maravillas de la Providencia divina: Saulo, adversario empedernido de la visión de Esteban, después del encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco, reanuda la interpretación cristológica del Antiguo Testamento hecha por el primer mártir, la profundiza y completa, y de este modo se convierte en el «apóstol de las gentes». La ley se cumple, enseña él, en la cruz de Cristo. Y la fe en Cristo, la comunión con el amor de Cristo, es el verdadero cumplimiento de toda la Ley. Este es el contenido de la predicación de Pablo. Él demuestra así que el Dios de Abraham se convierte en el Dios de todos. Y todos los creyentes en Cristo Jesús, como hijos de Abraham, se convierten en partícipes de las promesas. En la misión de san Pablo se cumple la visión de Esteban. 

La historia de Esteban nos dice mucho. Por ejemplo, nos enseña que no hay que disociar nunca el compromiso social de la caridad del anuncio valiente de la fe. Era uno de los siete que estaban encargados sobre todo de la caridad. Pero no era posible disociar caridad de anuncio. De este modo, con la caridad, anuncia a Cristo crucificado, hasta el punto de aceptar incluso el martirio. Esta es la primera lección que podemos aprender de la figura de san Esteban: caridad y anuncio van siempre juntos. 

San Esteban nos habla sobre todo de Cristo, de Cristo crucificado y resucitado como centro de la historia y de nuestra vida. Podemos comprender que la Cruz ocupa siempre un lugar central en la vida de la Iglesia y también en nuestra vida personal. En la historia de la Iglesia no faltará nunca la pasión, la persecución. Y precisamente la persecución se convierte, según la famosa fase de Tertuliano, fuente de misión para los nuevos cristianos. Cito sus palabras: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por vosotros: la sangre de los cristianos es una semilla» («Apologetico» 50,13: «Plures efficimur quoties metimur a vobis: semen est sanguis christianorum»). Pero también en nuestra vida la cruz, que no faltará nunca, se convierte en bendición. Y aceptando la cruz, sabiendo que se convierte y es bendición, aprendemos la alegría del cristiano, incluso en momentos de dificultad. El valor del testimonio es insustituible, pues el Evangelio lleva hacia él y de él se alimenta la Iglesia. San Esteban nos enseña a aprender estas lecciones, nos enseña a amar la Cruz, pues es el camino por el que Cristo se hace siempre presente de nuevo entre nosotros. 

[© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana] 
ZS07011005

16 de septiembre de 2012

Benedicto XVI en el Líbano: Firma Exhortación Ecclesia in Medio Oriente

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El Papa Benedicto XVI llegó este viernes 14 de septiembre al Líbano como peregrino de paz para todo Medio Oriente. En el primer día de su visita, que coincidió con la fiesta de la Exaltación de la Cruz, el Santo Padre cumplió con el motivo central de su viaje: firmar la exhortación Ecclesia in Medio Oriente y entregarla a los obispos de la región.

Desde la Basílica greco-melquita de San Pablo de Harissa en el Líbano, el Santo Padre firmó la exhortación, fruto de la Asamblea Especial para el Medio Oriente del Sínodo de los Obispos, realizado en octubre de 2010.

En su discurso, el Papa pidió "celebrar la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, del servicio sobre el dominio, de la humildad sobre el orgullo, de la unidad sobre la división".

El Papa recordó que " la locura de la cruz: la de saber convertir nuestro sufrimiento en grito de amor a Dios y de misericordia para con el prójimo; la de saber transformar también unos seres que se ven combatidos y heridos en su fe y su identidad, en vasos de arcilla dispuestos para ser colmados por la abundancia de los dones divinos, más preciosos que el oro".

El Papa también hizo votos por la paz y la reconciliación en todo Medio Oriente y pidió especialmente evitar los enfrentamientos por motivos religiosos.

También hizo un llamado a los católicos de Medio Oriente a vencer el temor: "No tengáis miedo, pues la Iglesia universal os acompaña con su cercanía humana y espiritual".

Más información en: http://www.aciprensa.com/noticias/benedicto-xvi-la-locura-de-la-cruz-es-conve...

15 de septiembre de 2012

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El Papa Benedicto XVI es un ejemplo para mi. Con su visita al Líbano me anima mucho a seguir luchando también en contra de todo viento que sopla y seguir siendo con "orgullo" un signo de contradicción en medio del mundo.

Gracias Santo Padre, rezamos por usted.

Sucesor de Pedro, vicario de Cristo en la tierra, que está al timón de la barca de Pedro que es la Iglesia.

Dios le guarde.

16 de julio de 2012

los mensajeros de Dios a menudo no son bien recibidos

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PALABRAS DEL PAPA BENEDICTO XVI en la homilía de la Misa del 15 de Julio



Queridos hermanos y hermanas!
Estoy muy contento de estar hoy entre ustedes para celebrar esta Eucaristía y compartir alegrías y esperanzas, esfuerzos y compromisos, ideales y aspiraciones de esta comunidad diocesana...


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En el Evangelio de este domingo, Jesús toma la iniciativa de enviar a los doce apóstoles en una misión (cf. Mc 6,7-13). De hecho, el término "apóstoles" literalmente significa "enviado, enviado." Su vocación se realiza plenamente después de la resurrección de Cristo con el don del Espíritu Santo en Pentecostés. Sin embargo, es muy importante desde el principio que Jesús quiere involucrar a los Doce en su acción: es una especie de "anticipo" a la vista de la gran responsabilidad que les espera. El hecho de que Jesús llama a algunos discípulos para trabajar directamente con su misión, expresa un aspecto de su amor: que él no desdeña la ayuda que otros hombres pueden hacer a su trabajo, conocer sus límites, sus debilidades, pero no los desprecian De hecho, les da la dignidad de sus enviados. Jesús los envía de dos en dos y les dio instrucciones, que el evangelista resume en unas pocas frases. El primero se refiere al espíritu de desprendimiento: los apóstoles no se debe adjuntar con el dinero y la comodidad. Entonces Jesús les advierte a los discípulos que no recibirán más favorable: a veces será rechazado, y de hecho también pueden ser perseguidos. Pero eso no debe impresionar: deben hablar en el nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, sin preocuparse de tener éxito. Éxito. El éxito se lo dejo a Dios
La primera lectura proclama en nosotros la misma perspectiva, que nos muestra que los mensajeros de Dios a menudo no son bien recibidos. Este es el caso del profeta Amós, enviado por Dios a profetizar en el santuario de Betel, un santuario del reino de Israel (cf. Am 7,12-15).Amós predicó con gran energía contra la injusticia, especialmente la denuncia de los abusos del rey y los jefes, los abusos que ofenden al Señor, y hacer actos de culto vano. Entonces Amasías, sacerdote de Betel, ordena a Amos que abandone. Él respondió que no había elegido el esta misión, pero el Señor le ha hecho un profeta y lo envió allí mismo, al reino de Israel. Por lo tanto,  tanto si se le acepta como si se le rechaza continuará profetizando, predicando lo que Dios dice y no lo que la gente quiere escuchar. Y esto sigue siendo el mandato de la Iglesia no predica lo que quieren oír los poderosos. Su criterio es la verdad y la justicia, incluso si está en contra de los aplausos y en contra de la energía humana.
Del mismo modo, en el Evangelio, Jesús nos advirtió que los Doce puede ocurrir que en algunos lugares, de ser rechazado. En este caso, debe ir a otro lugar, después de haber hecho el gesto delante de la gente para sacudirse el polvo bajo sus pies, un signo que expresa la diferencia de dos maneras: desprendimiento moral - como dice el anuncio fue dado a usted, que se niegan - material y desprendimiento - no queremos y no queremos nada para nosotros (cf.Mc 6,11). La otra indicación muy importante del evangelio es que los Doce no puede contentarse con predicar la conversión a la predicación debe ir acompañada, de acuerdo con las instrucciones y el ejemplo de Jesús sanando a los enfermos. El cuidado de los enfermos físicos y espirituales. Hable de las curas de enfermedades concretas, también habla de la expulsión de demonios que purifican la mente humana, limpiar, limpiar los ojos del alma están oscurecidas por la ideología y por lo tanto no puede ver a Dios, no puede ver la verdad y la justicia. Esta curación física y espiritual de doble es siempre el mandato de los discípulos de Cristo. Así que la misión apostólica siempre debe incluir tanto los aspectos de la predicación de la Palabra de Dios y la manifestación de su bondad con los actos de caridad, servicio y dedicación.


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El Señor llama a todos mediante la distribución de los dones diferentes para diferentes tareas en la Iglesia. Llamado al sacerdocio ya la vida consagrada, y llama a la unión y el compromiso como laicos en la Iglesia y en la sociedad. Lo importante es que toda la riqueza de los dones son bienvenidos, especialmente entre los jóvenes que sienten la alegría de responder a Dios con todo su corazón, dándole en el sacerdocio ya la vida consagrada o en la forma del matrimonio, dos formas complementarias iluminar unos a otros, enriqueciendo mutuamente y juntos enriquecer la comunidad. La virginidad por el Reino de Dios y el matrimonio son dos vocaciones, Dios llama a responder con y para la vida. Dios llama: tenemos que escuchar, aceptar, responder. Al igual que María: Aquí estoy, hágase en mí según tu palabra (cf. Lc1,38).


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 es por eso que proponemos para vivir intensamente el ' Año de la Fe , que comenzará en octubre, 50 años desde el Concilio Vaticano II. Documentos del Consejo contienen una enorme riqueza para la la formación de nuevas generaciones de cristianos, para la formación de nuestra conciencia. Por lo tanto, leer, leer el Catecismo de la Iglesia Católica y así redescubrir la belleza de ser cristianos, de ser Iglesia
para disfrutar del gran "nosotros" que Jesús se ha formado en torno a él, para evangelizar al mundo: el "nosotros" de la Iglesia, nunca cerrado, pero abierto siempre y extendida a la proclamación del Evangelio.

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Texto completo aquí
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2012/documents/hf_ben-xvi_hom_20120715_frascati_it.html




15 de julio de 2012

Nadie es profeta en su patria

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PALABRAS DEL PAPA BENEDICTO XVI ESTA MAÑANA EN EL REZO DEL ÁNGELUS.


Queridos hermanos y hermanas:
Voy a reflexionar brevemente sobre el pasaje evangélico de este domingo, un texto del que se tomó la famosa frase «Nadie es profeta en su patria», es decir, ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc 6, 4). De hecho, Jesús, después de dejar Nazaret, cuando tenía cerca de treinta años, y de predicar y obrar curaciones desde hacía algún tiempo en otras partes, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos «quedaban asombrados» por su sabiduría y, dado que lo conocían como el «hijo de María», el «carpintero» que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de él (cf. Mc 6, 2-3). Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. A ellos les resulta difícil creer que este carpintero sea Hijo de Dios. Jesús mismo les pone como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que precisamente en su patria habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús no pudo realizar en Nazaret «ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6, 5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino signos del amor de Dios, que se actúa allí donde encuentra la fe del hombre, es una reciprocidad. Orígenes escribe: «Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia otros, como el imán al hierro, así esa fe ejerce una atracción sobre el poder divino» (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).
Por tanto, parece que Jesús —como se dice— se da a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final del relato, encontramos una observación que dice precisamente lo contrario. El evangelista escribe que Jesús «se admiraba de su falta de fe» (Mc 6, 6). Al estupor de sus conciudadanos, que se escandalizan, corresponde el asombro de Jesús. También él, en cierto sentido, se escandaliza. Aunque sabe que ningún profeta es bien recibido en su patria, sin embargo la cerrazón de corazón de su gente le resulta oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad? De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en él Dios habita plenamente. Y mientras nosotros siempre buscamos otros signos, otros prodigios, no nos damos cuenta de que el verdadero Signo es él, Dios hecho carne; él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.
Quien entendió verdaderamente esta realidad es la Virgen María, bienaventurada porque creyó (cf. Lc 1, 45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Así pues, aprendamos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.

Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas, me alegra acogeros aquí en Castelgandolfo, adonde llegué hace pocos días. Saludo cordialmente a la comunidad local y deseo a todas las familias que gocen de un momento de descanso y de renovación física y espiritual.
(En español)
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, y de modo especial a las Siervas de María Ministras de los Enfermos. Nos dice el evangelio de este domingo que Jesús no pudo hacer muchos milagros en su pueblo de Nazaret, extrañándose de su falta de fe. Pidámosle a la Virgen María que interceda por nosotros para que aumente nuestra fe, y sepamos reconocer en la humanidad de Cristo la perfecta revelación de Dios. Muchas gracias y feliz domingo.

9 de mayo de 2012

Creo en la santidad de la Iglesia

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La santidad de la Iglesia consiste en el poder por el que Dios obra la santidad en ella dentro de la pecaminosidad humana
Autor: Joseph Ratzinger | Fuente: Introducción al cristianismo

La santa Iglesia católica

No voy a hacer una exposición completa sobre la Iglesia. Teniendo ante los ojos los problemas teológicos actuales, voy a intentar poner de manifiesto el escándalo que para nosotros supone la fórmula "la santa Iglesia católica", y dar la respuesta a la que apunta el texto del Símbolo. Sigue siendo válido lo que hemos afirmado antes sobre el lugar espiritual y el conjunto íntimo de esas palabras; por una parte, aluden a la fe en la obra poderosa del Espíritu Santo en la historia y, por la otra, quedan explicadas en la doctrina de la remisión de los pecados y de la comunión de los santos; en ella el bautismo, la penitencia y la eucaristía son como los pilares de la Iglesia, como su contenido propio y su verdadera forma existencial.

Quizá desaparezca gran parte de las molestias que nos produce nuestra profesión de fe en la Iglesia, cuando reflexionemos en este doble contexto. Hablemos también de lo que hoy día nos acosa. No intentemos disimularlo; hoy sentimos la tentación de decir que la Iglesia ni es santa ni es católica. El mismo concilio Vaticano II ha querido hablar no sólo de la Iglesia santa, sino de la pecadora. Estamos tan convencidos del pecado de la Iglesia que si hiciésemos alguna objeción al concilio diríamos que ha tocado el tema muy tímidamente. Es cierto que ahí puede estar influyendo la teología del pecado de Lutero y también un requisito nacido de previas decisiones dogmáticas; pero lo que hace esta "dogmática" está de acuerdo con lo que nos dice nuestra propia experiencia: La historia de la Iglesia está llena de compromisos humanos. Podemos comprender la horrible visión de Dante que veía subir al coche de la Iglesia las prostitutas de Babilonia, y nos parecen comprensibles las terribles palabras de Guillermo de Auvernia (siglo III), quien afirmaba que deberíamos temblar al ver la perversión de la Iglesia: La Iglesia ya no es una novia, sino un monstruo tremendamente salvaje y deforme...

La catolicidad de la Iglesia nos parece tan problemática como la santidad. Los partidos y contiendas han dividido la túnica del Señor, han dividido la Iglesia en muchas Iglesias que pretenden ser, más o menos intensamente, la única Iglesia verdadera. Por eso hoy la Iglesia se ha convertido para muchos en el principal obstáculo para la fe. En ella sólo puede verse la lucha por el poder humano, el mezquino teatro de quienes con sus afirmaciones quieren absolutizar el cristianismo oficial y paralizar el verdadero espíritu del cristianismo.

No hay teoría alguna que pueda refutar concluyentemente estos argumentos. Pero también es cierto, por otra parte, que estas ideas no carecen solamente de la razón sino de un amargor del corazón que quedó defraudado en su alta expectación y que ahora en amor enfermo y herido sufre la destrucción de su esperanza. ¿Qué diremos a todo esto? En último término sólo podemos profesar nuestra fe y dar el porqué que nos permite, a pesar de todo, amar en la fe a la Iglesia; sólo podemos decir por qué vemos el rostro de la Iglesia santa a través de su faz deformada.

Pero expliquemos ante todo el contenido. Como ya dijimos, la palabra "santo" no alude primariamente a la santidad en medio de la perversidad humana. El Símbolo no llama a la Iglesia "santa" porque todos y cada uno de sus miembros sean santos, es decir, personas inmaculadas. Este es un sueño que ha renacido en todos los siglos, pero que no tiene lugar alguno en el Símbolo; expresa el anhelo perpetuo del hombre por que se le dé un cielo nuevo y una tierra nueva, inaccesibles en este mundo. En realidad, las más duras críticas a la Iglesia de nuestro tiempo nacen veladamente de este sueño; muchos se ven defraudados, golpean fuertemente la puerta de la casa y tildan a la Iglesia de mentirosa.

Pero volvamos a nuestro tema. La santidad de la Iglesia consiste en el poder por el que Dios obra la santidad en ella, dentro de la pecaminosidad humana. Este es el signo característico de la "nueva alianza": En Cristo Dios se ha unido a los hombres, se ha dejado atar por ellos. La nueva alianza ya no se funda en el mutuo cumplimiento del pacto, sino que es un don de Dios, una gracia, que permanece a pesar de la infidelidad humana. Es expresión del amor de Dios que no se deja vencer por la incapacidad del hombre, sino que siempre es bueno para él, lo asume continuamente como pecador, lo transforma, lo santifica y lo ama.

Por razón del don que nunca puede retirarse, la Iglesia siempre es la santificada por él; santificación en la que está presente entre los hombres la santidad del Señor. Lo que en ella está presente y lo que elige en amor cada vez más paradójico las manos sucias de los hombres como vasija de su presencia, es verdaderamente la santidad del Señor. Es santidad que en cuanto santidad de Cristo brilla en medio de los pecados de la Iglesia. Por eso la figura paradójica de la Iglesia en la que las manos indignas nos presentan a menudo lo divino, en la que lo divino siempre está presente sólo en forma de sin-embargo, es para los creyentes un signo del sin-embargo del más grande amor de Dios. La emocionante yuxta-posición de la fidelidad de Dios y la infidelidad del hombre expresada en la estructura de la Iglesia, es también la dramática figura de la gracia por la que se hace actualmente visible en el curso de la historia la realidad de la gracia como perdón de lo que en sí es indigno. Podría decirse que la Iglesia, en su paradójica estructura de santidad y pecado, es la figura de la gracia en este mundo.

Sigamos adelante. El sueño humano del mundo sanado e incontaminado por el mal, presenta la Iglesia como algo que no se mezcla con el pecado. Existe ahí en cierto sentido, un pensar blanco-negro, que despiadadamente separa y tira lo negativo (que puede concebirse de muy diversas maneras).

En la crítica actual de la sociedad y en sus acciones se revela claramente esta característica inexorable e inherente al ideal humano. Por eso los contemporáneos de Cristo se escandalizaban sobremanera al ver que a la santidad de Cristo siempre le faltase esta nota judicial: no era fuego que destruía los indignos, ni celo que arrancase la hierba que ellos veían crecer. Por el contrario, su santidad se mostraba en el contacto con lo pecadores que se acercaban a él, hasta el punto de que él mismo se convirtió en "pecado", en maldición de la ley en la cruz, en plena comunidad con el destino común de los perdidos (cf. 2 Cor 5,21; Gal 3,13). Él atrajo los pecadores a sí, los hizo partícipes de sus bienes, y reveló así lo que era la "santidad". Nada de separación, sino purificación, nada de condenación, sino amor redentor. ¿No es acaso la Iglesia la continuación de este ingreso de Dios en la miseria humana? ¿no es la continuación de la participación en la misma mesa de Jesús con los pecadores? ¿no es la continuación de su contacto con la necesidad de los pecadores, de modo que hasta parece sucumbir? ¿no se revela en la pecadora santidad de la Iglesia frente a las expectaciones humanas de lo puro, la verdadera santidad aristocrática de lo puro e inaccesible, sino que se mezcla con la porquería del mundo para eliminarla? ¿Puede ser la Iglesia algo distinto de un sobrellevarse mutuamente que nace de que todos son sostenidos por Cristo?

Confieso que para mí la santidad pecadora de la Iglesia tiene en sí algo consolador. ¿No nos desalentaríamos ante una santidad inmaculada, judicial y abrasadora? ¿Y quién se atrevería a afirmar que él no tiene necesidad de otros que lo sobrelleven, es más, que lo sostengan? Quien vive porque otros lo sobrellevan, ¿cómo podrá negarse a sobrellevar a otros? El único don que puede ofrecer, el único consuelo que le queda ¿no es sobrellevar a otros como él mismo es sobrellevado? La santidad de la Iglesia comienza con el sobrellevar y termina con el sostenerse. Pero donde ya no se da el sobrellevar, cae el sostenerse, y una existencia inconsistente cae necesariamente en el vacío. El cristiano reconoce la imposibilidad de la autarquía y la debilidad de lo propio. Cuando la crítica en contra de la Iglesia es biliosamente amarga y comienza a convertirse en jerigonza, late ahí un orgullo operante. Por desgracia a eso se junta a menudo un gran vacío espiritual en el que ya no se considera lo propio de la Iglesia, sino una institución con miras políticas; se considera su organización como lamentable y brutal, como si lo propio de la Iglesia estribase en su organización y no en el consuelo de la palabra y de los sacramentos que conserva en días buenos y aciagos. Los verdaderos creyentes no dan mucha importancia a la lucha por la reorganización de las formas cristianas. Viven de lo que la Iglesia siempre fue. Y si uno quiere conocer lo que es la Iglesia, que entre en ella. La Iglesia no existe principalmente donde está organizada, donde se reforma o se gobierna, sino en los que creen sencillamente y reciben en ella el don de la fe que para ellos es vida. Sólo sabe quién es la Iglesia de antes y de ahora quien ha experimentado cómo la Iglesia eleva al hombre por encima del cambio de servicio y de formas, y cómo es para él patria, y esperanza, patria que es esperanza, camino que conduce a la vida eterna.

Esto no quiere decir que hemos de quedarnos en el pasado y que hemos de soportarlo tal y como es. El sobrellevar puede ser también un acontecimiento altamente activo, una lucha para que la Iglesia siempre sea quien lleve y soporte. La Iglesia sólo vive en nosotros, vive de la lucha entre el pecado y la santidad, de la misma manera que esa lucha vive del don de Dios sin el que no podría existir; pero esa lucha será útil y constructora cuando esté vivificada por el espíritu que sobrelleva, por el amor real. Así llegamos al criterio que siempre debe medir esa lucha crítica por una santidad mayor, y que no contradice la resignación, sino que la exige. La medida es la construcción. La amargura que destruye se juzga a sí misma. Una puerta cerrada puede convertirse en signo que azota a quienes están dentro; pero es una ilusión creer que aislados podemos construir más y mejor que en equipo, como también es una ilusión colocar la Iglesia de "los santos" en lugar de la "Iglesia santa", que es santa porque el Señor le da graciosamente el don de la santidad.


Nota:
Pasaje tomado del último capítulo del libro "Introducción al cristianismo", del Cardenal Ratzinger, hoy S.S. Benedicto XVI (1968)