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7 de diciembre de 2020

TUVE HAMBRE Y ME DÍSTEIS DE COMER

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El Evangelio de ayer, día Solemnidad  de Jesucristo Rey del Universo es claro, aunque de tan claro que parece, puede dar lugar a equivocaciones. Lo que a mi entender dice Jesús, si lo resumo, es que un discípulo de Cristo, es decir un bautizado, debe actuar hacia los demás sin egoísmo personal,  mirando por el bien de los que necesiten algo de ti.

El evangelista Mateo recoge esta parábola de Jesús, acerca de como será el juicio final e individual de cada uno. Jesús hizo énfasis en 6 acciones que son 3. En definitiva, buenas obras.

- Dar de comer y beber, y vestir.

- Visitar

- Acoger.

La pregunta que nos debemos hacer sería esta: ¿A quién tenernos que realizar estas obras?

La respuesta es: A todo el que necesite de nosotros. (Recordar la parábola del Buen Samaritano). La vida nos pone delante situaciones para "demostrar" que somos de Cristo, y no vivimos una vida cristiana sólo en apariencia, eso incluye nuestra asistencia a la Iglesia por costumbre, o por otras razones que no tengan que ver con el amor a Dios y la fe.

Es muy difícil y yo diría que imposible, cumplir con esto, si no recibes la fuerza de Dios. Para ello se necesita la Eucaristía, y el trato diario con Dios. La medida en que vivamos lo espiritual, podrá ser transformado en buenas obras, y viceversa.

Pero cuando se predica esto en la Iglesia, se puede caer en el error de no ver esta enseñanza de Cristo en su totalidad. Debemos tender a ser más perfectos en esto, sobre todo los que tienen la responsabilidad de predicar y enseñar.

Unos pueden enseñar sólo que hay que dar alimentos físicos y bebidas físicas, y vestidos físicos. Y la  misma Palabra de Dios nos enseña que "No sólo de pan vive el hombre", y que hay una sed que es mayor que la del agua (dame de beber, le pidió una mujer a Jesús en cierta ocasión). No olvidemos esto.

No olvidemos que si yo doy alimentos  al que tiene hambre, pero me quedo en eso, la Iglesia se convierte en una ONG y yo en lo mismo que un pagano. Hay que ir más allá. Y además hacerlo con amor y no por interés. Y eso incluye, el interés en salvarme. Hay que huir de eso. Por eso no veo del todo correcto esas campañas de las parroquias donde se anima a los feligreses a ayudar económicamente, si no se enfoca correctamente todo esto, y si encima queda algún resquicio por donde se pueda tratar de asociar el dar con el miedo a la condena eterna. Esa imagen de Dios no es correcta.

El evangelio completo para mi es: mi hermano tuvo hambre, yo lo supe, podía ayudarle y no tuve corazón para hacerlo. Mi hermano tuvo hambre, yo lo supe, y se encendió en mi la misericordia y la compasión y le ayudé. Esto con respecto al pan, y lo mismo con respecto al agua. Pero si yo veo que un hermano tiene hambre o sed de Dios, es decir, percibo que espiritualmente se está quedando en los huesos y puede morir, yo le debo suministrar el alimento espiritual, le debo llevar a Dios.

La vestimenta es importante, pero yo puedo tener vestiduras lujosas y ser un miserable. Lo importantes dar al otro la oportunidad de ponerse una vestidura de pureza y de amor a Dios, ayudarle a protegerse del mundo y sus peligros que manchan las vestiduras (ver libro del apocalipsis)

Ir a visitar a un encarcelado es una gran obra, pero no al alcance de cualquiera, sin embargo ofrecer a un preso por sus vicios y pecados, la liberación en Cristo, es más factible. 

Ir a visitar a un enfermo es una obligación de cualquier cristiano, pero hay enfermos que lo son del alma. A esos también tenemos que atender.

Acoger al extranjero, al inmigrante como gustan decir algunos hoy, al forastero en otras traducciones o incluso al peregrino, no tiene sólo que ver con las pateras. De hecho, la acogida se la debemos a todo el mundo, porque todos somos forasteros cuando llegamos a un lugar. Si tenemos el deseo de acoger al inmigrante que viene en patera, porque eso nos parece que es una gran obra, y luego al que tenemos al lado lo despreciamos, lo ignoramos o lo ninguneamos, ¿creen que están haciendo lo correcto?

14 de noviembre de 2020

UNA PARROQUIA DEBE SER SOSTENIDA POR LA COMUNIDAD

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 UNA PARROQUIA DEBE SER SOSTENIDA POR LA COMUNIDAD

Por Francisco Javier Madueño


Puede haber alguien que no lo sepa o no se haya parado a pensarlo, pero una Parroquia es un lugar físico donde se reúnen los cristianos de una determinada zona habitualmente, dentro de una Diócesis. La Parroquia es como un trocito de cielo, porque es donde celebramos los Sacramentos, donde recibimos de Dios de forma especial su perdón, su alimento en la Mesa de la Palabra y en la Eucaristía, pero es que la Parroquia es mucho más que eso, porque es como nuestro propio hogar, y por tanto funciona de manera similar, es decir, debe hacer frente a eso que llamamos:  "gastos". Si, porque una Parroquia debe pagar un montón de cosas, igual que cualquier hogar, y lo mismo que en nuestra casa, no viene por arte de magia, que por otro lado no existe, en una Parroquia pasa igual. 

Por eso, como miembros de la Iglesia local, debemos ser los que sostengamos esa casa común que es la Parroquia. Pero es que esto, no es nuevo. Ya los primeros cristianos tuvieron claro desde el principio, el modo de proceder con respecto a esto. Ciertamente entonces los gastos eran otros, al no existir ciertas cosas aún, pero el modo de actuar de aquellas primeras comunidades era el de colaboración mutua. Si a mi, la Iglesia me da tanto, ¿cómo no voy yo a dar a la Iglesia en sus necesidades?

Podemos meditar en muchos pasajes del Nuevo Testamento. Yo recomiendo la lectura del capítulo 8 y 9  de la 2ª Carta de San Pablo a los Corintios. Eso nos dará pistas de por donde debemos caminar individualmente y agradando a Dios. 

La Palabra de Dios nos habla en ese capítulo de cosas como la generosidad, el servicio, la caridad, y todo a imitación de nuestro Señor que nos dió su ejemplo. En ese capítulo podemos vislumbrar que primero los cristianos eran exhortados a actuar, y en concreto los Corintios llegaron a un punto en el que ya no necesitaban que se les dijera nada, sino que lo hacían por iniciativa propia.

San Pablo nos da además unas claves muy interesantes para poder compartir y ayudar a la comunidad, por ejemplo, económicamente, aunque eso incluye todo lo demás. Se trata de hacerlo sin sentirse obligado a ello, no a la fuerza, y siempre de acuerdo a  nuestras posibilidades, porque Dios no nos pide ni más ni menos que eso. Dar lo que no se tiene no es posible, y dar para que pasemos apuros nosotros, tampoco es solución, por eso, el secreto no está en la cantidad, sino en la voluntad de dar, y de hacerlo con alegría, según dicte nuestra conciencia, nunca forzado ni de mala gana, ni por supuesto por temor.

 En la Iglesia no se trata de que unos tengan más y otros menos, sino de tender a la igualdad. Y se trata además, de que si a mi me va bien, de esa abundancia pueda yo beneficiar a la comunidad, y si a mi me va mal, que esa misma comunidad pueda ayudarme. Sólo si hay un compromiso de todos o de una gran parte, se puede realizar esto.

¿Y saben que? El Señor hace una promesa aquí: Todo el que actúe así estará sembrando y esa siembra dará frutos, gracias de Dios en tu vida, por ejemplo, una de ellas, es que nunca serás abandonado sino que tendrás siempre todo lo necesario, e incluso, como dice la Palabra, incluso sobrante. Recordemos aquí la parábola de los panes y los peces.


8 de noviembre de 2020

En 1990 hice el Servicio Militar.

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Servicio militar obligatorio

El servicio militar obligatorio en España se instituyó en 1940 después de la guerra civil española. Y fue suspendido en el año 2001. En mi caso, me tocó en el periodo en que gobernaba en España el partido socialista de Felipe González, y estaba bajo la Ley 19/1984  en la que se estableció un servicio activo de doce meses y una reserva hasta cumplir los treinta y cuatro años de edad.

Me tocó hacerla en San Fernando (Cádiz), concretamente en el CIR SUR (Centro de Instrucción de reclutas Sur), ubicado en un lugar denominado "Campo Soto".

el 9 de Enero de 1990 recibí este telegrama que me instaba a presentarme en el -CAMPAMENTO BENITEZ- de Málaga para recoger el pasaporte para incorporarme al Servicio Militar, el cual también hizo mi padre en su día.