Evangelio según San Marcos 3,31-35.
Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: "Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera". El les respondió: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?". Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: "Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre".
Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.
Leer el comentario del Evangelio por :
Isaac de la Estrella (?-hacia 1171), monje cisterciense
Homilía 51, para la Asunción; PL 194, 1862
“El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana, mi madre”
El Hijo de Dios es el primogénito entre muchos hermanos, y, siendo por naturaleza único, atrajo hacia sí a muchos por la gracia, para que fuesen uno solo con él. Pues da poder para ser hijos de Dios a cuantos lo reciben (Jn 1,12). Así pues, hecho hijo del hombre, hizo a muchos hijos de Dios. Atrajo a muchos hacia sí, único como es por su caridad y su poder: y todos aquellos que por la generación carnal son muchos, por la regeneración divina son uno solo con él. Cristo es, pues, uno, formando un todo la cabeza y el cuerpo (Col 1,18).
Este Cristo único es nacido del único Dios en los cielos y de una única madre en la tierra; muchos hijos, a la vez que un solo hijo. Pues así como la cabeza y los miembros son un hijo a la vez que muchos hijos, asimismo María y la Iglesia son una madre y varias madres; una virgen y muchas vírgenes. Ambas son madres, y ambas vírgenes; ambas concibieron sin voluptuosidad por obra del mismo Espíritu; ambas dieron a luz sin pecado la descendencia de Dios Padre. María, sin pecado alguno, dio a luz la cabeza del cuerpo; la Iglesia, por la remisión de los pecados, dio a luz el cuerpo de la cabeza. Ambas son la madre de Cristo, pero ninguna de ellas dio a luz al Cristo total sin la otra. Por todo ello, en las Escrituras divinamente inspiradas, se entiende con razón como dicho en singular de la Virgen María lo que en términos universales se dice de la virgen madre Iglesia lo que en especial se dice de la virgen madre María.
Mi blog de cosas interesantes para aportar a un mundo que camina por direcciones equivocadas.
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29 de enero de 2008
27 de enero de 2008
Mi Bautismo
En 1971, recibí el Sacramento del Bautismo en la Iglesia de San Juan de Málaga. Yo no tenía uso de razón, pero Dios derrama su Gracia sobre todo aquel que recibe este Sacramento, por el cual somos hechos por el agua y el Espíritu, hijos de Dios. El Bautismo es la puerta de entrada a la Iglesia de Jesucristo que el Señor, edifica sobre Pedro, y cuyas columnas son los Apóstoles. Desde este día se puede llamar a Dios con toda propiedad, "Padre", pues lo es. Y Dios nos llama "Hijo", pues lo somos. Este es el inicio de la vida cristiana, que luego debe desarrollarse y consolidarse mediante la fe y la perseverancia. Las sectas rechazan este Sacramento y niegan el Bautismo a los niños. Gracias a Dios, que puso en mis padres el Bautizar a su hijo. Espero ser fiel a las promesas del Bautismo que mis Padres hicieron en mi nombre y que yo ratifiqué después en el Sacramento de la Confirmación, de ser fiel a Cristo durante todos los días de mi vida.
Celebrar la Santa Misa (I)
El domingo, Día del Señor, es una jornada para la oración, la alegría, la fiesta y la intensificación del amor fraterno
Este curso, nuestro trabajo evangelizador y pastoral se ha centrado en “Celebrar el Misterio Pascual en la fe de la Iglesia”. El núcleo íntimo de este objetivo es la celebración de la misa cada domingo, como se viene haciendo desde la era apostólica. El domingo, Día del Señor por antonomasia, centra nuestra mirada y nuestro corazón en el misterio de la muerte y la resurrección de Jesucristo. Por eso es una jornada para la oración, la alegría, la fiesta y la intensificación del amor fraterno.
Algunas personas no saben disfrutar de la celebración de la santa misa y dicen que se aburren. Si lo dicen es verdad, y seguramente una de las causas consista en que nadie les ha enseñado a descubrir el sentido de esta celebración, el significado de los diversos ritos y las condiciones imprescindibles para insertar toda su vida en esta celebración y para llevar el sentido profundo de esta celebración a su existencia toda, de manera que se impregne del espíritu de las Bienaventuranzas.
En un diálogo improvisado con los sacerdotes de una diócesis del norte de Italia, el Papa les decía que para adentrarse en el espíritu de las celebraciones de la Iglesia, hay que conocer su estructura y el sentido de sus ritos; pero que lo esencial consiste en que nuestro corazón se eleve a Dios, porque toda celebración sacramental “es oración y coloquio con Dios; de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Por tanto, la primera condición es que el sacerdote (y cada uno de los miembros de la comunidad, añado yo al dirigirme a todos vosotros) entable realmente este diálogo con Dios. Al anunciar la Palabra, él mismo se siente en diálogo con Dios. Es oyente de la Palabra y anunciador de la Palabra (…) Está en diálogo con Dios porque los textos de la misa no son textos teatrales o algo semejante, sino que son plegarias, gracias a las cuales, juntamente con la asamblea, hablamos con Dios”.
Cuando un cristiano llega al templo con la antelación suficiente y se pone con fe en la presencia de Dios, es fácil constatar cómo le va guiando el ritmo de la celebración, para que traiga a la presencia del Señor aquello que le preocupa, alegra su existencia y desata sus desvelos. Puesto que empezamos mirando nuestra vida a la luz de la presencia de Dios, que nos juzga y nos ofrece perdón y misericordia, lo primero que hacemos es pedir perdón de los pecados que nos impiden acoger su Palabra y su alegría.
Después, tras una oración que se llama “colecta”, y que nos une a los sentimientos de la Iglesia universal, la proclamación de la Palabra nos anuncia el amor que Dios nos tiene y las maravillas que ha realizado por todos y cada uno de nosotros; especialmente, a través de la encarnación, la vida, la muerte y la resurrección de su Hijo Jesucristo.
Es natural que a continuación, fortalecidos con este anuncio, confesemos comunitariamente nuestra fe, la fe de la Iglesia; y que, en la oración de los fieles, pongamos en manos del Señor todas nuestras preocupaciones. Unas se proclaman en voz alta y otras muchas las presenta cada uno en el silencio de su espíritu. Luego, como la oración es expresión de confianza y de abandono en las manos del Señor, es también natural que le demos gracias por su misericordia, por su amor y por los dones abundantes que nos concede cada día. “Es digno y necesario”, se responde, mientras cada uno trae a su memoria todo lo que ha recibido de Dios a lo largo de su vida y de los últimos días.
Y entonces nos preparamos al momento central de la celebración, en el que el Señor se hace sacramental y activamente presente en medio de su Pueblo, como Pan de Vi d a que se come y se comparte con un corazón agradecido. Es la cumbre de nuestra celebración, que nos permitirá participar en la comunión con Dios y con todos sus hijos, los hombres.
Fuente: La voz del Obispo
Este curso, nuestro trabajo evangelizador y pastoral se ha centrado en “Celebrar el Misterio Pascual en la fe de la Iglesia”. El núcleo íntimo de este objetivo es la celebración de la misa cada domingo, como se viene haciendo desde la era apostólica. El domingo, Día del Señor por antonomasia, centra nuestra mirada y nuestro corazón en el misterio de la muerte y la resurrección de Jesucristo. Por eso es una jornada para la oración, la alegría, la fiesta y la intensificación del amor fraterno.
Algunas personas no saben disfrutar de la celebración de la santa misa y dicen que se aburren. Si lo dicen es verdad, y seguramente una de las causas consista en que nadie les ha enseñado a descubrir el sentido de esta celebración, el significado de los diversos ritos y las condiciones imprescindibles para insertar toda su vida en esta celebración y para llevar el sentido profundo de esta celebración a su existencia toda, de manera que se impregne del espíritu de las Bienaventuranzas.
En un diálogo improvisado con los sacerdotes de una diócesis del norte de Italia, el Papa les decía que para adentrarse en el espíritu de las celebraciones de la Iglesia, hay que conocer su estructura y el sentido de sus ritos; pero que lo esencial consiste en que nuestro corazón se eleve a Dios, porque toda celebración sacramental “es oración y coloquio con Dios; de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Por tanto, la primera condición es que el sacerdote (y cada uno de los miembros de la comunidad, añado yo al dirigirme a todos vosotros) entable realmente este diálogo con Dios. Al anunciar la Palabra, él mismo se siente en diálogo con Dios. Es oyente de la Palabra y anunciador de la Palabra (…) Está en diálogo con Dios porque los textos de la misa no son textos teatrales o algo semejante, sino que son plegarias, gracias a las cuales, juntamente con la asamblea, hablamos con Dios”.
Cuando un cristiano llega al templo con la antelación suficiente y se pone con fe en la presencia de Dios, es fácil constatar cómo le va guiando el ritmo de la celebración, para que traiga a la presencia del Señor aquello que le preocupa, alegra su existencia y desata sus desvelos. Puesto que empezamos mirando nuestra vida a la luz de la presencia de Dios, que nos juzga y nos ofrece perdón y misericordia, lo primero que hacemos es pedir perdón de los pecados que nos impiden acoger su Palabra y su alegría.
Después, tras una oración que se llama “colecta”, y que nos une a los sentimientos de la Iglesia universal, la proclamación de la Palabra nos anuncia el amor que Dios nos tiene y las maravillas que ha realizado por todos y cada uno de nosotros; especialmente, a través de la encarnación, la vida, la muerte y la resurrección de su Hijo Jesucristo.
Es natural que a continuación, fortalecidos con este anuncio, confesemos comunitariamente nuestra fe, la fe de la Iglesia; y que, en la oración de los fieles, pongamos en manos del Señor todas nuestras preocupaciones. Unas se proclaman en voz alta y otras muchas las presenta cada uno en el silencio de su espíritu. Luego, como la oración es expresión de confianza y de abandono en las manos del Señor, es también natural que le demos gracias por su misericordia, por su amor y por los dones abundantes que nos concede cada día. “Es digno y necesario”, se responde, mientras cada uno trae a su memoria todo lo que ha recibido de Dios a lo largo de su vida y de los últimos días.
Y entonces nos preparamos al momento central de la celebración, en el que el Señor se hace sacramental y activamente presente en medio de su Pueblo, como Pan de Vi d a que se come y se comparte con un corazón agradecido. Es la cumbre de nuestra celebración, que nos permitirá participar en la comunión con Dios y con todos sus hijos, los hombres.
Fuente: La voz del Obispo
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