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4 de mayo de 2012

La UNIDAD de los cristianos

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Una sola Iglesia(Sobre la unidad de la Iglesia Católica, 4-6)
I/UNA: Habló el Señor a Pedro de esta manera: Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno nada podrán contra Ella. Y te daré a ti las llaves del reino de los cielos, y lo que atares sobre la tierra será atado en el cielo, y lo que desatares sobre la tierra será también desatado en el cielo (Mt 16, 18-19). Otra vez, después de resucitado, le dijo: apacienta mis ovejas (Jn 21, 47). Edifica su Iglesia sobre uno solo y le ordena apacentar a sus ovejas. Y aunque después de resucitar otorga el mismo poder a todos los Apóstoles, cuando les dice: como el Padre me envió, así os envío Yo a vosotros; recibid el Espíritu Santo, y a quien perdonareis los pecados, le serán perdonados; mas a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20, 21-23); sin embargo, para manifestar la unidad estableció una sola cátedra, y con su autoridad decidió que el origen de la unidad estuviese en uno solo.
Cierto que los demás Apóstoles eran lo mismo que Pedro, y estaban dotados—como él—de la misma dignidad y poder; pero el principio nace de la unidad, y se le otorga el primado a Pedro para manifestar que es una la Iglesia y una la cátedra de Jesucristo. También son todos pastores y, a la vez, uno solo es el rebaño, que debe ser apacentado por todos los Apóstoles de común acuerdo, para mostrar que es única la Iglesia de Cristo.
Esta unidad de la Iglesia está prefigurada por la persona de Cristo en el Cantar de los Cantares, cuando el Espíritu Santo dice: una sola es mi paloma, mi hermosa, única es para su madre, la elegida de ella (Cant 6, 8). Quien no guarda esta unidad de la Iglesia, ¿piensa acaso que conserva la fe? Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que está cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que se halla en la Iglesia? El santo Apóstol Pablo enseña esto mismo y declara el misterio de la unidad con estas palabras: un solo cuerpo y un solo espíritu, una sola esperanza de vuestra vocación, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios (Ef 4, 4-6).
Debemos mantener y defender con toda energía esta unidad, especialmente los obispos, que hemos sido puestos al frente de la Iglesia, para probar que el mismo episcopado es uno e indivisible. Nadie engañe con mentiras a los hermanos, nadie corrompa la pureza de la fe con una pérfida prevaricación. Como el episcopado es único, y cada uno participa de él por entero, así es única la Iglesia, que se extiende sobre muchos por el crecimiento de su fecundidad. Muchos son los rayos del sol, pero una sola es la luz; muchas son las ramas del árbol, pero uno solo es el tronco clavado en la tierra con fuerte raíz; y cuando de un solo manantial fluyen muchos arroyos, aunque aparezcan muchas corrientes desparramadas por la abundancia de las aguas, con todo una sola es la fuente en su origen. Si separas un rayo de la masa del sol, no subsiste la luz a causa de la separación; si cortas la rama del árbol, no podrá germinar la rama cortada; si atajas el arroyo aislándolo de la fuente, se secará. Del mismo modo la Iglesia del Señor esparce sus rayos, difundiendo la luz por todo el mundo; y esa luz que se esparce por todas partes es, sin embargo, una, y no se divide la unidad de su masa. Extiende sus ramos frondosamente por toda la tierra, y sus arroyos fluyen con abundancia en todas direcciones. Con todo, uno solo es el principio y la fuente, y una sola la madre exuberante de fecundidad. De su seno nacemos, con su leche nos alimentamos, de su espíritu vivimos.
La Esposa de Cristo no puede ser adúltera, pues es incorruptible y pura. Sólo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios y destina para el reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de sus promesas y no conseguirá las recompensas de Cristo. El que abandona la Iglesia de Cristo es un extraño, un profano, un enemigo. No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia como Madre.
Si alguien pudo salvarse fuera del arca de Noé, entonces lo podrá también quien estuviere fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: el que no está conmigo, está contra mi; y el que no recoge conmigo, desparrama (Jn 10, 30). Quien rompe la paz y la concordia de Cristo está contra Cristo. Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo. Dice el Señor: Yo y el Padre somos una sola cosa (Jn 10, 30); y también está escrito del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: estos tres son una sola cosa (I Jn 5, 8). ¿Y piensa alguno que esta unidad que procede del poder de Dios, que se halla firmemente asegurada por los misterios celestiales, puede romperse en la Iglesia y escindirse por la discusión y el choque de voluntades? Quien no mantiene esta unidad, no cumple la ley de Dios, no guarda la fe en el Padre y en el Hijo, no obtiene la vida y la salvación.

Fuente: San Cipriano de Cartago (Siglo III)

24 de junio de 2011

No turbar la unidad de la Iglesia

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Hoy también son muchos los Obispos permisivos con los disidentes -o promotores de ellos-, que así actúan por una falsa idea de la unidad y de la paz en la Iglesia de Cristo
Autor: José Maria Iraburu |

La inhibición de la autoridad pastoral, ya lo hemos dicho, no procede necesariamente del miedo a la Cruz o de otras causas claramente culpables. Procede muchas veces de errores, como el semipelagianismo. Y también de una falsa concepción de la unidad de la Iglesia.

La proclamación fuerte de la verdad y la severa refutación del error y de los errantes -se estima-, podrían resquebrajar la unidad de la comunidad eclesial, podrían dar lugar en la Iglesia a guerras internas, tensiones y cismas. Es, pues, conveniente decir la verdad con suavidad, y sobre todo es preciso no condenar el error -y menos aún a los que yerran-, pues la verdad, ella sola, tiene poder para prevalecer pronto o tarde en el pueblo cristiano. Para eso está el Espíritu Santo. Hay que tener esperanza, mucha esperanza.

Esta actitud pastoral, hoy tan frecuente, tiene que ser falsa necesariamente, pues dista años-luz de la mantenida por Cristo, por los Apóstoles, y por todos los santos Pastores de la historia de la Iglesia.

«Yo he venido a echar fuego en la tierra, ¿y qué he de querer sino que se encienda?... ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que no, sino la división» (Lc 12,49.51).

La unidad de la Iglesia es unidad en la verdad, unidad en una sola fe, en un mismo Espíritu. Otra unidad será puramente sociológica o solo aparente. Aunque si hemos de ser del todo sinceros, ni siquiera es aparente la unidad de la Iglesia allí donde se permite la disidencia doctrinal y la arbitrariedad contra la disciplina. Por el contrario, todo es pura división, lucha sorda continua, convivencia tensa, incapacidad de hablar y de trabajar juntos.

Por otra parte, siempre los defensores de la verdad contra el error han sido descalificados por los transigentes como perturbadores intransigentes de «la paz» de la Iglesia. La trampa es viejísima.

San Atanasio (+373), que es desterrado cinco veces de su sede episcopal de Alejandría, es considerado por aquellos obispos católicos, que eran cómplices activos o pasivos del arrianismo, como un fanático revolvedor de la Iglesia. La firmeza en la fe puede parecer a veces obstinación, orgullo, dureza, inflexibilidad, falta de solidaridad episcopal. Casi solo frente al terrible error cristológico, recibe Atanasio, no obstante, alguna ayuda. Una de las más preciosas es la de San Hilario (+367), «el Atanasio de Occidente», que movilizó a los Obispos galos contra el arrianismo. Refiere su biógrafo, Sulpicio Severo, que éste era llamado por los arrianos «perturbador de la paz en Occidente» (2,45,4).

Hoy también son muchos los Obispos permisivos con los disidentes -o promotores de ellos-, que así actúan por una falsa idea de la unidad y de la paz en la Iglesia de Cristo. Dejan así a las ovejas, que les han sido confiadas, a merced de los lobos que entre ellas se introducen.

El Cardenal Joseph Ratzinger, en una homilía pronunciada cuando era arzobispo de Munich y Freising, hacía notar que al Magisterio eclesiástico «se le confía la tarea de defender la fe de los sencillos contra el poder de los intelectuales» (31-XII-1979).

Cuando los doctores católicos son humildes, guardan ante la fe de la Iglesia una actitud discipular, e iluminan con sus enseñanzas al pueblo de Dios. Pero cuando son soberbios, y se atreven a juzgar la fe de la Iglesia, poniéndose sobre ella, causan entre los cristianos terribles daños -sobre todo cuando se hacen con el poder en las editoriales y en los medios de comunicación-. Destruyen espantosamente la unidad y la paz de la Iglesia. Amonestados una y otra vez, deben ser frenados y rechazados (Tit 3,10). Son «anticristos» (1Jn 2,18ss).

19 de febrero de 2011

La importancia de la PALABRA en la celebración de la EUCARISTÍA.

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A continuación os recuerdo este magnífico texto:

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA SACRAMENTUM CARITATIS DEL PAPA
BENEDICTO XVI DIRIGIDO A TODO EL PUEBLO DE DIOS, ES DECIR:

AL EPISCOPADO, AL CLERO,A LAS PERSONAS CONSAGRADAS, Y A LOS FIELES LAICOS

SOBRE LA EUCARISTÍA
FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA
Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA


Estructura de la celebración eucarística

43. Después de haber recordado los elementos básicos del ars celebrandi puestos de relieve en los trabajos sinodales, quisiera llamar la atención de modo más concreto sobre algunas partes de la estructura de la celebración eucarística que requieren un cuidado especial en nuestro tiempo, para ser fieles a la intención profunda de la renovación litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, en continuidad con toda la gran tradición eclesial.

Unidad intrínseca de la acción litúrgica

44. Ante todo, hay que considerar la unidad intrínseca del rito de la santa Misa. Se ha de evitar que, tanto en la catequesis como en el modo de la celebración, se dé lugar a una visión yuxtapuesta de las dos partes del rito. La liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística —además de los ritos de introducción y conclusión— « están estrechamente unidas entre sí y forman un único acto de culto ».[132] En efecto, la Palabra de Dios y la Eucaristía están intrínsecamente unidas. Escuchando la Palabra de Dios nace o se fortalece la fe (cf. Rm 10,17); en la Eucaristía, el Verbo hecho carne se nos da como alimento espiritual.[133]

Así pues, « la Iglesia recibe y ofrece a los fieles el Pan de vida en las dos mesas de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo ».[134] Por tanto, se ha de tener constantemente presente que la Palabra de Dios, que la Iglesia lee y proclama en la liturgia, lleva a la Eucaristía como a su fin connatural.

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Esto me lleva a plantear las siguiente preguntas:

¿Eres / somos conscientes de la IMPORTANCIA DE LA PALABRA DE DIOS dentro de la Santa Misa?

Sacerdote, ¿Cuidas suficientemente la PREPARACIÓN de la PALABRA en la Misa que celebras?

Pueblo de Dios, que escuchais o leeis la Palabra: ¿Realmente la escuchais? ¿Interesa? ¿O vamos a pasar deprisa por esa parte, para acabar antes?

Y si la escuchas, ¿la meditas? ¿Te recoges? ¿La quieres? ¿La deseas en tu alma?

Y si no la entiendes, ¿la buscas? ¿la escrutas? ¿O pierdes la oportunidad que Dios te da, de conocerle mejor y ser mejor cristiano?



17 de diciembre de 2007

Cómo se construye el templo vivo de la Iglesia, explica el Papa

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Es Jesús quien «nos reúne en la gran comunidad de la Iglesia» de todo tiempo y lugar; por eso, en la «iglesia edificio» y en la «Iglesia comunidad» todo habla de Él, explica Benedicto XVI.

«La comunidad viva es más sagrada que el templo material que consagramos», explicó el Santo Padre en la homilía de la Eucaristía que presidió.

«Y para construir este templo vivo, espiritual --que sois vosotros--, se necesita mucha oración, se necesita valorar toda oportunidad que ofrece la liturgia, la catequesis y las múltiples actividades pastorales, caritativas, misioneras y culturales...

«Que la atención que mostramos por el edificio material --con la aspersión del agua bendita, ungiéndolo con óleo, incensándolo-- sea señal y estímulo para una atención más intensa en la defensa y promoción del templo de las personas, formado por vosotros...

El Santo Padre se remitió a la página del Evangelio en la que Pedro, en nombre de los discípulos, declara que Jesús es el Mesías de Dios, el Cristo, el Hijo del Dios vivo. «Y el Señor le dice solemnemente: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»; «Pedro se convierte en la piedra, asociado por su fe en Jesús», subrayó.

Y «vemos que es Jesucristo la única e indefectible roca sobre la que se apoya nuestra fe, sobre la que se construye esta parroquia --añadió--. Y encontramos a Jesús en la escucha de las Sagradas Escrituras; está presente y se hace alimento nuestro en la Eucaristía, vive en la comunidad parroquial».

Así que todo, «en la iglesia edificio y en la Iglesia comunidad, habla de Jesús; todo es relativo a Él, todo hace referencia a Él», recalcó Benedicto XVI; «y el Señor nos reúne en la gran comunidad de la Iglesia de todos los tiempos y lugares, enlazada en comunión con el sucesor de Pedro como roca de la unidad».

En este contexto, «la acción de los obispos y de los presbíteros, el compromiso apostólico y misionero de todo fiel es proclamar y testimoniar con la palabra y con la vida que Él, el Hijo de Dios hecho hombre, es nuestro único Salvador», apuntó.

2 de julio de 2007

La profesión de fe de Pedro, fundamento para la unidad de los cristianos

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La profesión de fe de Pedro, fundamento para la unidad de los cristianos; explica el Papa

En la solemnidad de los santos Pedro y Pablo

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 1 julio 2007 (ZENIT.org).- La profesión de fe que pronunció el apóstol Pedro al proclamar que Jesús es el Hijo de Dios, dos mil años después sigue siendo garantía para la unidad entre los cristianos, considera Benedicto XVI.

Así lo explicó este viernes, en la concelebración eucarística que presidió en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, patronos de la diócesis de Roma.

En la basílica vaticana estaba presente una delegación del patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I, compuesta por Su Eminencia Emmanuel (Adamakis), arzobispo greco-ortodoxo de Francia, de su Eminencia Gennadios (Limouris), co-presidente de la Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa, y el diácono Andreas (Sofianopoulos), tercer diácono de la sede de ese patriarcado.

El Papa centró la homilía en el diálogo entre Jesús y los apóstoles, cuando les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo». Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo».

«En la profesión de fe de Pedro», indicó el Papa, «podemos sentirnos y ser todos una sola cosa, a pesar de las divisiones que con el paso de los siglos han lacerado la unidad de la Iglesia con consecuencias que todavía perduran».

En su homilía el Papa agradeció particularmente la presencia de la delegación ortodoxa que con este gesto intercambió la visita che el Papa hizo el pasado 30 de noviembre a su sede en Estambul (Turquía).

Al mismo tiempo, garantizó su «compromiso para acoger hasta el final el deseo de Cristo, que quiere que estemos completamente unidos».

Después de la misa, antes de rezar el Angelus, el Papa dirigió unas palabras a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro bajo un fuerte sol para recalcar este compromiso.

«Nuestros encuentros, las visitas recíprocas, los diálogos en curso no son simples gestos de cortesía, o intentos de llegar a compromisos, sino el signo de una voluntad común de hacer lo posible para que cuanto antes podamos llegar a la comunión plena implorada por Cristo en su oración al Padre después de la Última Cena: “que sean uno”», afirmó.

En este contexto, aclaró, se enmarca la decisión de proclamar el año de san Pablo (junio de 2008-junio de 2009), apóstol considerado por todas las iglesias cristianas como uno de los mayores misioneros de la historia.

El Papa recibió después en el palacio apostólico a la delegación del patriarcado ecuménico de Constantinopla y les invitó a almorzar.